domingo, 23 de mayo de 2010

El Holocausto en perspectiva

A continuación voy a reproducir un comentario que elaboré con ocasión de un seminario acerca del Holocausto que tuvo lugar en la Universidad Autónoma de Madrid hace algún tiempo.
Con este comentario me separo un poco de la línea que había marcado mis últimas contribuciones, vinculadas a la economía y a hechos de actualidad. No obstante, creo que a veces es importante distanciarse del día a día y reflexionar sobre asuntos más profundos.
En el siguiente fragmento están presentes dos ideas que me tenían preocupado por aquel entonces: la validez del proyecto ilustrado y sus consecuencias y el significado de la historia...


"Según Adorno, de la experiencia de Auschwitz nace un nuevo imperativo categórico: el de reorientar el pensamiento y la acción para que dicho acontecimiento no se repita. No se trata por lo tanto de un mero imperativo moral sino más bien de uno de carácter metafísico. En este sentido no sólo hay que recordar Auschwitz para que no se vuelva a repetir, sino que hay que tomar la experiencia del exterminio judío como el fundamento de una nueva teoría de la verdad.
La experiencia del Holocausto hay que ponerla en relación con la crisis abierta tras 1914 y que supuso el fracaso del proyecto europeo de modernidad. La conclusión a la que llegaron los intelectuales que habían vivido la Primera Guerra Mundial fue que la barbarie era la consecuencia lógica del proyecto ilustrado. Se había llegado al margen del mismo y, por lo tanto, había que desecharlo y comenzar a pensar de nuevo. Un buen ejemplo de esa nueva sensibilidad crítica lo tenemos en Walter Benjamin, que perseguirá los rastros de la violencia de la filosofía tanto en el lenguaje como en la política.
Según Benjamin, la violencia en lenguaje se pone de manifiesto en una teoría de la verdad en la que las cosas responden al nombre que el hombre les ha adjudicado pero no al revés. Por otro lado, la violencia en la política se identifica en la insignificancia de lo singular para el pensamiento idealista. Este punto se pone de relieve en las teorías referentes al progreso, volcadas en la promesa de felicidad para las generaciones futuras que no se percatan de los escombros sobre los que se construye ese proyecto. Hegel, por ejemplo, será consciente de ese costo humano y de ese deterioro de la naturaleza que conlleva el progreso (“cadáveres y escombros” como los denomina Benjamín), pero lo considera como un mal menor, como algo provisional (“unas florecillas pisoteadas al borde del camino” en sus propias palabras).

Benjamín propone invertir esa dinámica; es decir, juzgar los logros del progreso desde el punto de vista de los sistemáticamente oprimidos. La idea propuesta por Benjamín tiene una dimensión moral y política, pero también una dimensión epistemológica. Aceptar la idea de progreso significa aceptar el triunfo del fascismo. El problema no estriba en la extensión política del fascismo sino en la interiorización de su lógica, que propone un consenso que afirma que el costo del progreso es inevitable.

De esta manera, Benjamin puso de manifiesto la insignificancia del individuo por parte del progreso. Su advertencia no sólo se cumplió durante el hitlerismo sino que sus predicciones se vieron ampliamente desbordadas por la realidad de Auschwitz. Así, el Holocausto, al ser lo impensado debías ser analizado a través de la memoria. Esto es, debía traerse al presente mediante el recuerdo, lo que no pudo pensarse pero aún así tuvo lugar.

Cuando hablamos de memoria refiriéndonos a Auschwitz, estamos hablando de las víctimas que reclamar un reconocimiento, el de ser significativas para la comprensión de la realidad. Reconocer lo olvidado es llevar a cabo un acto de justicia, al reconocer las injusticias causadas a las víctimas. Sin embargo, Auschwitz plantea una paradoja singular. Por una parte, como ya hemos dicho, nos obliga a recordar; pero por otra impone un proyecto de olvido.

Para llevar a cabo una cultura de la memoria es necesario, en primer lugar, elaborar una teoría del conocimiento que incorpore el pasado. Esta labor es complicada puesto que el conocimiento moderno se vuelca fundamentalmente hacia el presente. Benjamin vuelve a ser de ayuda para realizar dicha labor. Para él la memoria de los vencidos es fundamental para descubrir tras la naturaleza, la historia real. Sin el recuerdo de las víctimas y los fracasos de la historia no sería posible entender que allí se cometió una injusticia que sigue clamando una redención.

En segundo lugar, se debe tener en cuenta que los campos de concentración y exterminio se convierten en un símbolo de la política. Esta idea también está presente en Benjamin, así como en Adorno o Levinas. En efecto, lo propio del totalitarismo es el campo ya que su característica fundamental es la suspensión de toda norma que no sea la pura voluntad del que ostenta el mando. El individuo pierde así toda su subjetividad, al no ser ya sujeto de derechos, y se convierte en nuda vida. Se convierte al cuerpo, que es algo a lo que el hombre está atado, en el fundamento del ser del hombre. Esto es llevado a su extremo por la ideología nazi, colocándolo en el centro de la vida espiritual. Así, el corazón de la vida espiritual es la sangre y la tierra, la herencia y la tradición. Por lo tanto, ser uno mismo no significa estar por encima de las contingencias sino tomar consciencia del inexorable encadenamiento a nuestro cuerpo.

Una interpretación rigurosa de lo que se ha apuntado la encontramos en la afirmación de Benjamin de que la historia de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción es normalmente la regla y que debemos dar cuenta de esa excepcionalidad para llegar a un concepto valioso de historia. Esto significa que de la historia siempre existen dos visiones. Por un lado, aquellas que afirman que el progreso es el objetivo fundamental de la humanidad, y que están caracterizadas por el convencimiento de que vamos a mejor independientemente del precio que haya que pagar. Esta es la historia de los vencedores, plagada de héroes y de padres de la patria. Por otro lado, nos encontramos con la historia oculta de los vencidos. Por lo tanto, si “todo es campo” unos están dentro del mismo y otros los sitúan allí.

Como hemos visto, Benjamin plantea una visión de la historia que parta del punto de vista de los oprimidos. Esta urgencia se basa en la conciencia de peligro del oprimido. En efecto, el oprimido ha experimentado dos injusticias: la de carácter físico y la que conlleva el olvido posterior. La existencia de ese olvido se ha de ver como una prueba de la actividad del vencedor y por eso es sinónimo de amenaza. Además, ningún espectador neutral posee la conciencia de ese peligro fundamental sino es a través de la mediación de la conciencia del oprimido. Esta es la causa de que Benjamin presente la memoria no como un acto voluntario de recordar sino como un haz de luz que nos ilumina por sorpresa; esto es, como una sabiduría que proporcionan los oprimidos.

En tercer lugar, Auschwitz invalida los supuestos de la moral moderna. Esto tiene que ver con la interiorización por parte de los judíos de su propia inhumanidad como estadio anterior a su aniquilación física. De esta manera la muerte del judío no era más que la consecuencia de la exclusión su exclusión metafísica de la humanidad.

Lo que fundamenta todas las exposiciones modernas de la moralidad es el reconocimiento de la dignidad del hombre y de su respeto. Por lo tanto, en el campo de exterminio no había lugar para la dignidad ni para el respeto de sí mismo. Todo ese bagaje moral había que abandonarlo para sobrevivir. Por lo tanto, los fundamentos morales se desplazan de la dignidad del hombre a la indignidad del prisionero y de la diferencia entre el bien y el mal a la diferencia entre la humanidad del hombre y la inhumanidad de la victima del Holocausto."

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