Para los que vivimos en el extranjero, y cobramos en Euros, la página en la que aparecen los tipos de cambio es como Facebook o Gmail, hay que abrirla todos los días nada más encender el ordenador. El problema es que últimamente, hacer eso significa arriesgarse a que te dé un vuelco al corazón todas las mañanas. Cuando llegué a México, un euro equivalía a casi 20 pesos mexicanos, a día de hoy con un euro sólo se pueden adquirir casi 16 pesos mexicanos. Si esto fuese así, no habría ningún problema (excepto la pérdida de poder adquisitivo de nuestros sueldos en euros). No obstante, en pocos días la moneda europea repuntó desde poco menos de 15.5 a casi 16.8 (los datos son de memoria). Según los entendidos en la materia, como McCoy, este movimiento al alza del euro se debió al cierre de posiciones en corto de los inversores en el mercado de divisas. Esto significaba que las expectativas sobre la caída del euro se estaban moderando y se preveía un escenario de estabilización de la moneda. Pues bien, esta idea es compartida por el Danske Bank. La depreciación del euro en los últimos meses no es muy diferente a otros episodios similares que ha experimentado la moneda, por lo que apuesta por una consolidación de la misma. Sin embargo, hay opiniones contrarias en este sentido. Según UBS, durante los próximos diez años el mercado de divisas se caracterizará por la extrema volatilidad. Una volatilidad causada por las diferencias en política monetaria y fiscal que están adoptando los distintos países para hacer frente a la crisis. Si combinamos esta incertidumbre fiscal y monetaria con hechos todavía más impredecibles como la vuelta al proteccionismo, la intervención de los bancos centrales para controlar su moneda o una mayor regulación, entonces tendremos un escenario de total incertidumbre. En lo que a mi respecta, considero las tesis de UBS batante válidas por lo que creo que tendremos que incorporar la página del tipo de cambio como página de inicio de nuestros navegadores...
A continuación voy a reproducir un comentario que elaboré con ocasión de un seminario acerca del Holocausto que tuvo lugar en la Universidad Autónoma de Madrid hace algún tiempo.
Con este comentario me separo un poco de la línea que había marcado mis últimas contribuciones, vinculadas a la economía y a hechos de actualidad. No obstante, creo que a veces es importante distanciarse del día a día y reflexionar sobre asuntos más profundos.
En el siguiente fragmento están presentes dos ideas que me tenían preocupado por aquel entonces: la validez del proyecto ilustrado y sus consecuencias y el significado de la historia...
"Según Adorno, de la experiencia de Auschwitz nace un nuevo imperativo categórico: el de reorientar el pensamiento y la acción para que dicho acontecimiento no se repita. No se trata por lo tanto de un mero imperativo moral sino más bien de uno de carácter metafísico. En este sentido no sólo hay que recordar Auschwitz para que no se vuelva a repetir, sino que hay que tomar la experiencia del exterminio judío como el fundamento de una nueva teoría de la verdad. La experiencia del Holocausto hay que ponerla en relación con la crisis abierta tras 1914 y que supuso el fracaso del proyecto europeo de modernidad. La conclusión a la que llegaron los intelectuales que habían vivido la Primera Guerra Mundial fue que la barbarie era la consecuencia lógica del proyecto ilustrado. Se había llegado al margen del mismo y, por lo tanto, había que desecharlo y comenzar a pensar de nuevo. Un buen ejemplo de esa nueva sensibilidad crítica lo tenemos en Walter Benjamin, que perseguirá los rastros de la violencia de la filosofía tanto en el lenguaje como en la política.
Según Benjamin, la violencia en lenguaje se pone de manifiesto en una teoría de la verdad en la que las cosas responden al nombre que el hombre les ha adjudicado pero no al revés. Por otro lado, la violencia en la política se identifica en la insignificancia de lo singular para el pensamiento idealista. Este punto se pone de relieve en las teorías referentes al progreso, volcadas en la promesa de felicidad para las generaciones futuras que no se percatan de los escombros sobre los que se construye ese proyecto. Hegel, por ejemplo, será consciente de ese costo humano y de ese deterioro de la naturaleza que conlleva el progreso (“cadáveres y escombros” como los denomina Benjamín), pero lo considera como un mal menor, como algo provisional (“unas florecillas pisoteadas al borde del camino” en sus propias palabras). Benjamín propone invertir esa dinámica; es decir, juzgar los logros del progreso desde el punto de vista de los sistemáticamente oprimidos. La idea propuesta por Benjamín tiene una dimensión moral y política, pero también una dimensión epistemológica. Aceptar la idea de progreso significa aceptar el triunfo del fascismo. El problema no estriba en la extensión política del fascismo sino en la interiorización de su lógica, que propone un consenso que afirma que el costo del progreso es inevitable. De esta manera, Benjamin puso de manifiesto la insignificancia del individuo por parte del progreso. Su advertencia no sólo se cumplió durante el hitlerismo sino que sus predicciones se vieron ampliamente desbordadas por la realidad de Auschwitz. Así, el Holocausto, al ser lo impensado debías ser analizado a través de la memoria. Esto es, debía traerse al presente mediante el recuerdo, lo que no pudo pensarse pero aún así tuvo lugar. Cuando hablamos de memoria refiriéndonos a Auschwitz, estamos hablando de las víctimas que reclamar un reconocimiento, el de ser significativas para la comprensión de la realidad. Reconocer lo olvidado es llevar a cabo un acto de justicia, al reconocer las injusticias causadas a las víctimas. Sin embargo, Auschwitz plantea una paradoja singular. Por una parte, como ya hemos dicho, nos obliga a recordar; pero por otra impone un proyecto de olvido. Para llevar a cabo una cultura de la memoria es necesario, en primer lugar, elaborar una teoría del conocimiento que incorpore el pasado. Esta labor es complicada puesto que el conocimiento moderno se vuelca fundamentalmente hacia el presente. Benjamin vuelve a ser de ayuda para realizar dicha labor. Para él la memoria de los vencidos es fundamental para descubrir tras la naturaleza, la historia real. Sin el recuerdo de las víctimas y los fracasos de la historia no sería posible entender que allí se cometió una injusticia que sigue clamando una redención. En segundo lugar, se debe tener en cuenta que los campos de concentración y exterminio se convierten en un símbolo de la política. Esta idea también está presente en Benjamin, así como en Adorno o Levinas. En efecto, lo propio del totalitarismo es el campo ya que su característica fundamental es la suspensión de toda norma que no sea la pura voluntad del que ostenta el mando. El individuo pierde así toda su subjetividad, al no ser ya sujeto de derechos, y se convierte en nuda vida. Se convierte al cuerpo, que es algo a lo que el hombre está atado, en el fundamento del ser del hombre. Esto es llevado a su extremo por la ideología nazi, colocándolo en el centro de la vida espiritual. Así, el corazón de la vida espiritual es la sangre y la tierra, la herencia y la tradición. Por lo tanto, ser uno mismo no significa estar por encima de las contingencias sino tomar consciencia del inexorable encadenamiento a nuestro cuerpo. Una interpretación rigurosa de lo que se ha apuntado la encontramos en la afirmación de Benjamin de que la historia de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción es normalmente la regla y que debemos dar cuenta de esa excepcionalidad para llegar a un concepto valioso de historia. Esto significa que de la historia siempre existen dos visiones. Por un lado, aquellas que afirman que el progreso es el objetivo fundamental de la humanidad, y que están caracterizadas por el convencimiento de que vamos a mejor independientemente del precio que haya que pagar. Esta es la historia de los vencedores, plagada de héroes y de padres de la patria. Por otro lado, nos encontramos con la historia oculta de los vencidos. Por lo tanto, si “todo es campo” unos están dentro del mismo y otros los sitúan allí. Como hemos visto, Benjamin plantea una visión de la historia que parta del punto de vista de los oprimidos. Esta urgencia se basa en la conciencia de peligro del oprimido. En efecto, el oprimido ha experimentado dos injusticias: la de carácter físico y la que conlleva el olvido posterior. La existencia de ese olvido se ha de ver como una prueba de la actividad del vencedor y por eso es sinónimo de amenaza. Además, ningún espectador neutral posee la conciencia de ese peligro fundamental sino es a través de la mediación de la conciencia del oprimido. Esta es la causa de que Benjamin presente la memoria no como un acto voluntario de recordar sino como un haz de luz que nos ilumina por sorpresa; esto es, como una sabiduría que proporcionan los oprimidos. En tercer lugar, Auschwitz invalida los supuestos de la moral moderna. Esto tiene que ver con la interiorización por parte de los judíos de su propia inhumanidad como estadio anterior a su aniquilación física. De esta manera la muerte del judío no era más que la consecuencia de la exclusión su exclusión metafísica de la humanidad. Lo que fundamenta todas las exposiciones modernas de la moralidad es el reconocimiento de la dignidad del hombre y de su respeto. Por lo tanto, en el campo de exterminio no había lugar para la dignidad ni para el respeto de sí mismo. Todo ese bagaje moral había que abandonarlo para sobrevivir. Por lo tanto, los fundamentos morales se desplazan de la dignidad del hombre a la indignidad del prisionero y de la diferencia entre el bien y el mal a la diferencia entre la humanidad del hombre y la inhumanidad de la victima del Holocausto."
Cuando éramos pequeños, nuestros padres solían repetirnos una y otra vez la famosa frase: "niño, ¿tú te crees que el dinero crece en los árboles?", para que no les molestásemos pidiendo que nos comprasen juguetes o chucherías. Nosotros asentíamos y nos resignábamos ante tan poderoso arguemento. Al fin y al cabo, no habíamos visto ningún árbol del que colgasen billetes como si fuesen vulgares limones.
No obstante, algunas firmas de private equity y ciertos bancos piensan que nuestros padres estaban equivocados y que el dinero sí que puede crecer en los árboles. Esto es lo que creen los directivos de Canopy Capital. En el 2008 esta firma de private equity compró los derechos de explotar los servicios medioambientales de 371.000 hectáreas de selva tropical en la Guayana. A cambio de financiar una parte significativa de los costes de mantener la reserva tropical de Iwokrama, Canopy Capital obtiene el 16% de todos los ingresos derivados de la comercialización de servicios medioambientales. ¿Comprar los derechos de cobro de unos servicios para los que no existe un mercado? ¿Las personas que hay tras Canopya Capital son unos visionarios o unos locos? Visionarios quizá sí, pero no locos. Poco antes, el banco norteamericano Merrill Lynch invirtió nueve millones de dólares en la conservación de una zona de selva tropical en Indonesia. ¿Qué lógica económica se esconde detrás de estas operaciones? Eso es algo que analizaremos en la siguiente publicación...
Vivo en México, y conozco a muchos amigos españoles que odian profundamente el cilantro. A mi me encanta, por lo que no entendía esta generalizada cruzada contra el cilantro. El siguiente post del NYT desvela tan desconcertante misterio...
Pavan Sukhdev, Study Leader del proyecto The Economics of Ecosystems and Biodiversity, resume su experiencia en banca en dos frases muy interesantes: "the seeds of trouble are shown in good times" "you cannot manage what you do not measure" Ahí queda eso, para la reflexión de cada cual...