Muchas veces se ha planteado la cuestión de si la historia es una ciencia objetiva. Algunas personas dudarán, incluso, que la historia sea una ciencia. No me quiero entretener en esa discusión, aunque considero que la historia es una ciencia de carácter débil, en contraposición al carácter fuerte de otras disciplinas como la física o la química.
Convengamos en que la historia es una ciencia. En este caso, ¿se trata de una ciencia objetiva? En este punto hay que realizar un matiz semántico, la historia al ser un objeto siempre es objetiva, pero lo que realmente nos interesa es saber si la producción científica se puede considerar objetiva.
Pues bien, creo que conseguir la objetividad en la historia es imposible, a lo más que se puede aspirar es a ser un historiador honesto. Esto es, consciente del entorno en el que vive y de sus limitaciones como historiador, tanto epistemológicas como personales.
La historia, como todas las ciencias, se basa en la adopción de paradigmas, de formas de entender el mundo. Los paradigmas imponen una visión determinada a los científicos que orienta sus preguntas e investigaciones. En este sentido, se priman una serie de discusiones sobre otras y se utilizan métodos determinados. Los historiadores son condicionados a plantearse determinadas preguntas y a determinadas formas de responderlas.
Por ejemplo, la historiografía marxista consideraba que la historia se mueve por impulsos materiales cuyo motor es la lucha de clases y el control de los medios de producción. Por lo tanto, se centró en ver el mundo desde ese prisma materialista. Un prisma materialista que, por ejemplo, Weber consideraba erróneo. En efecto, consideraba que el capitalismo surgió de un tipo de ética, la protestante, que conformó unas maneras de actuar capitalistas. En este caso, el acento se ponía en las ideas y no en las manifestaciones materiales.
Por otra parte, el historiador es un interpretador de fuentes históricas. Le llegan visiones del pasado a las que debe dar coherencia e imbricar en un discurso. Este es el mayor riesgo para el historiador, que su idea del mundo prime sobre la interpretación de las fuentes. No obstante, esta visión siempre va a estar presente en la interpretación de las mismas por lo que la objetividad es imposible de obtener.
Por eso yo confío más en la labor de un historiador honesto que en la de uno que predique la objetividad de sus investigaciones.
Convengamos en que la historia es una ciencia. En este caso, ¿se trata de una ciencia objetiva? En este punto hay que realizar un matiz semántico, la historia al ser un objeto siempre es objetiva, pero lo que realmente nos interesa es saber si la producción científica se puede considerar objetiva.
Pues bien, creo que conseguir la objetividad en la historia es imposible, a lo más que se puede aspirar es a ser un historiador honesto. Esto es, consciente del entorno en el que vive y de sus limitaciones como historiador, tanto epistemológicas como personales.
La historia, como todas las ciencias, se basa en la adopción de paradigmas, de formas de entender el mundo. Los paradigmas imponen una visión determinada a los científicos que orienta sus preguntas e investigaciones. En este sentido, se priman una serie de discusiones sobre otras y se utilizan métodos determinados. Los historiadores son condicionados a plantearse determinadas preguntas y a determinadas formas de responderlas.
Por ejemplo, la historiografía marxista consideraba que la historia se mueve por impulsos materiales cuyo motor es la lucha de clases y el control de los medios de producción. Por lo tanto, se centró en ver el mundo desde ese prisma materialista. Un prisma materialista que, por ejemplo, Weber consideraba erróneo. En efecto, consideraba que el capitalismo surgió de un tipo de ética, la protestante, que conformó unas maneras de actuar capitalistas. En este caso, el acento se ponía en las ideas y no en las manifestaciones materiales.
Por otra parte, el historiador es un interpretador de fuentes históricas. Le llegan visiones del pasado a las que debe dar coherencia e imbricar en un discurso. Este es el mayor riesgo para el historiador, que su idea del mundo prime sobre la interpretación de las fuentes. No obstante, esta visión siempre va a estar presente en la interpretación de las mismas por lo que la objetividad es imposible de obtener.
Por eso yo confío más en la labor de un historiador honesto que en la de uno que predique la objetividad de sus investigaciones.
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