viernes, 12 de febrero de 2010

"El error más caro de la Humanidad"

Así define The Economist la idea de que los mercados se pueden regular a sí mismos que condujo a la crisis financiera del 2007-09. Esa idea ha costado, hasta el momento, 15 billones de dólares en forma de inyecciones de capital y otras ayudas para evitar el colapso financiero.
Una gran parte de la culpa de la crisis la tuvo el convencimiento de que el riesgo se había reducido al mínimo de manera permanente. Este paradigma se reforzó tras una época dorada caracterizada por tipos de interés muy bajos, escasez de riesgo y rendimientos altos. A esto había que añadir el ingente aumento de derivados financieros, la descomposición y distribución del riesgo a través de la estructuración financiera y la aplicación de un importante aparato matemático e informático a la gestión del riesgo.
Todos estos acontecimientos condujeron al convencimiento de que el riesgo estaba controlado, a pesar de que los beneficios crecían a causa de un aumento del apalancamiento y de los balances de los actores económicos.
No obstante, la crisis del 2007-09 dio al traste con este paradigma. Se empezó a vislumbrar que en los mercados financieros, los cisnes negros o sucesos extraordinarios aparecen más a menudo de lo que los modelos anteriores sugerían. De hecho, si los mercados financieros siguiesen el modelo de distribución normal en forma de campana, cada una de las crisis de 1987, 1992 y 2008 sólo habrían ocurrido una vez en la vida del Universo.
El problema residía en que las grandes entidades financieras comenzaron a ser muy interdependientes a causa del aumento de la estructuración y de la aparición de multitud de nuevos derivados financieros. En este contexto, los problemas de una determinada compañía tienen una influencia muy grande en la percepción del riesgo de otras compañías. Esto es lo que pasó cuando los spreads de morosidad de Lehman se situaron en límites preocupantes, los indicadores de AIG se doblaron respecto a los niveles que deberían tener en una situación normal.
Es más que probable que esta dinámica de los mercados financieros se deba paradójicamente a la homogeneidad más que a la complejidad. Todos los actores significativos en este ámbito trataron de diversificar su riesgo, pero a través de los mismos instrumentos: créditos apalancados, hipotecas estadounidenses, etc. Esto significó que los huevos en general se pusieron en las mismas cestas a pesar de que la intención fue la contraria.
Esta claro que los modelos de control del riesgo han quedado muy maltrechos por lo anteriormente señalado. La idea no es que estos modelos no sirvan para nada o estén obsoletos, si no que deben ser tomados con precaución. Hay que ser consciente de sus limitaciones. Como concluye The Economist "los modelos deben ser vistos como metáforas que nos pueden iluminar pero que no describen el mundo perfectamente".
Los profesores de Columbia Messrs, Deman y Wilcott han propuesto un juramento hipocrático en este sentido, con los siguientes principios: "debo recordar que yo no creé el Mundo y, por tanto, este no debe satisfacer mis ecuaciones" y "nunca sacrificaré realidad por elegancia sin explicar el porqué de tal sacrificio".
Muchas veces no se trata de que las finanzas sean complejas, el problema reside en las personas que se ocupan de estudiarlas, como afirma Mr. Wilcott. La fe ciega en esos modelos y en la idea de que el riesgo había sido desterrado del sistema financiero fueron dos de las principales causas que propiciaron la crisis en la que todavía estamos inmersos.